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NUESTRO  ESPACIO  DE  SEGURIDAD

 

Cuando un extraño se nos acerca o el síndrome del ascensor

 

EL ASCENSOR

Un día cualquiera entramos en un ascensor con otras personas a las que no conocemos. El escaso espacio

 nos obliga a tolerar el contacto físico de los otros y nos encontramos incómodos. Una se da la vuelta

para evitar el cara a cara, otro no quiere exponer al tacto del extraño la parte anterior de su cuerpo,

 un tercero siente al parecer una repentina curiosidad  por el techo del pequeño cajón y aquella

quedó de medio lado en un me quedo-me voy. Nadie mira francamente  a nadie…:  a todos nos ha cogido

 la desagradable sensación de sentir violado nuestro espacio de seguridad.

 

UN CONEJO SILVESTRE

Cuando esto escribo estoy pasando unos días en el campo, en un bungalow. Bajo el mismo un conejo

 ha excavado su red de madrigueras, con varias entradas-salidas. Yo lo conozco, él me conoce. A veces,

 cuando regreso, él descansa por allí tomando el sol de Otoño y, cómo no, siempre está vigilante.

Él me ve desde lejos y me tolera hasta una cierta distancia, pero en cuanto considera que he

rebasado su distancia de seguridad, se introduce en su madriguera y desaparece.

Nunca he podido estar cerca de él.

En realidad todos los animales del bosque hacen algo semejante: todos tienen establecida su

 distancia de seguridad.

 

DE NUESTRO PASADO

El síndrome del ascensor nos deja ver que a los humanos, respecto de otros humanos, también nos gusta

mantener nuestra distancia de seguridad, aunque a veces el simple gusto se convierte en necesidad.

En tiempos pasados no tan lejanos evolutivamente,  esta distancia se guardaba estrictamente,

porque los extraños a veces venían para hacer mucho daño, como por ejemplo, para matar a los hombres,

llevarse los bienes y esclavizar a las mujeres y niños…

En épocas ya históricas, cualquier grupo humano organizado vigilaba su entorno y protegía los asentamientos

buscando la protección natural de ríos, lagos, islas, roquedos y, si esto no era posible, en campo abierto,

levantaban sus empalizadas y murallas protectoras.

Esta parte de nuestro pasado en donde eran otros humanos el mayor peligro para nosotros, nos hizo desarrollar

por una parte el sentido de la distancia de seguridad y por otra los miedos al extraño, los miedos a otros hombres.

La distancia de seguridad, de la que todavía nos queda constancia en nuestra especie, es un argumento más

a favor de nuestro entronque con el mundo animal, del cual nos habían separado sucesivas

concepciones del universo de sesgo antropocéntrico, concepciones que rápidamente estamos

 abandonando en los tiempos presentes. Sin embargo el seguro habitat que la civilización nos ofrece

 nos va haciendo abandonar estos vestigios de épocas pasadas.

 

LA NOCHE

La seguridad del día disminuye durante la noche y es entonces cuando más incidimos en la reclamación

de nuestro espacio seguro. Nuestro comportamiento durante la noche se parece mucho al de

cualquier animal. Si vamos solos o nos sentimos vulnerables, si percibimos algún sonido sospechoso,

 trataremos de pasar desapercibidos; si el posible peligro se acerca, nosotros nos alejaremos.

La noche es más insegura para nosotros , entre otras razones, porque no nos es posible saber si alguien

está invadiendo nuestro espacio. En nuestra cultura el color negro, el color de la noche,  es el color del luto

 y el color del miedo.

 

EL ESTRÉS DE SOPORTAR AL DEPREDADOR AL ACOSO

El mecanismo de cualquier animal está preparado para responder al reto del acoso:

se activa su sistema de alerta para responder lo más

eficazmente posible al peligro. Salvado el peligro, todo vuelve a la normalidad. Si el animal se ve sometido

a estrés continuado, no lo soportará y se desequilibrará.

Nuestro cuerpo presenta respuestas similares: se activa nuestro sistema de alerta ante algún peligro, pasado el cual

todo vuelve a la normalidad. Nuestro organismo tampoco está diseñado para soportar el estrés indefinidamente

y si se ve forzado a hacerlo, igualmente se desequilibrará.

Este es el principio de tantas enfermedades y trastornos de origen nervioso: no podemos vivir

indefinidamente acosados, nuestro espacio de seguridad deberá permanecer habitualmente

despejado.

 

“ME  SIENTO  INVADIDO”

En Patología se describe que ciertos sujetos, ante la aproximación de otras personas y singularmente en

aproximaciones sexuales, declaran que “se sienten invadidos”, alusión clara a la violación de su espacio de seguridad.

Esta sensación, aunque no es común sino excepcional, sin embargo nuevamente nos remite a nuestro pasado

anterior a la civilización, cuando nuestra supervivencia dependía del mantenimiento

de nuestro espacio de seguridad.

 

Mikel Martínez

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Diciembre 2010 ©